“Había vivido en la casa, anteriormente, una mujer con
su buen centenar de gatos. Tenía tan bien amaestradas a sus cien
criaturas que éstas eran capaces de realizar al menos una veintena de
acciones cotidianas simples, como traerle el periódico o abrir y cerrar
la puerta de la calle. Cada persona del barrio la conocía, pero nadie
sabía a ciencia cierta en qué momento había llegado a instalarse en la
casa, eran diez o veinte años, tal vez más o tal vez muchos menos. Ya
formaba parte del paisaje de la calle como las mismas farolas o los
adoquines del suelo, se integraba tan bien cuando miraba desde la
penumbra a través de la ventana, que ningún transeúnte hubiese dicho
jamás que aquel rostro agrietado por la vida no había estado ahí,
mirando, desde siempre. ¿Qué convierte a una persona en parte del
mobiliario urbano? ¿Qué hilos invisibles nos abrazan para que aquellos
conocidos o desconocidos nos vinculen a un lugar? Pero la permanencia es
tan solo eso, un hilo de tejido finísimo cuya rotura pende del trajinar
que nos empuja ambulantes maleta en mano, mapa en el bolsillo. Podemos
haber llegado desde otros rostros y otras ventanas con otros rostros que
han podido quedar grabados en nuestra memoria, pero que algo nos dice
que ya hoy han cambiado. También María un día se convertirá en uno de
esos rostros que los vecinos resucitan en las tertulias a la fresca, esa
mujer viejísima, la loca de los gatos ¿la recuerdas?Por ahora nadie ha venido a vaciar la casa de sus pertenencias que han guardado el polvo del abandono. La casa es profunda, atravesarla es como descender a un infierno gélido y húmedo donde las huellas de su existencia aparecen por doquier, como los huesos de una criatura extinta hace milenios. Dudo por instantes haber firmado un contrato de alquiler, la casa me pertenece pero es como si su antigua inquilina hubiese salido un momento a hacer la compra. Los platos recién fregados todavía reposan junto al fregadero, su cepillo de dientes la espera en el baño y sus libros cerrados, en la estantería del despacho, aun conservan los marcadores entre sus páginas. Creo haber visto la sombra de un gato cruzar la habitación contigua. Si tomo uno de sus libros lo hago con sumo cuidado para que cuando ella regrese no note que he fisgado entre sus cosas ¡Cómo si fuera posible regresar de la boca del tiempo!” (Palomar Galdón, Patricia, “La sra. María”: Primer premio en la modalidad de narrativa en VI Certamen literario Antonio Vilanova).
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